Me pica el Xixi esperando a mi novio. Relato Erótico

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Mi novio de entonces se llamaba Miguel. No es que estuviera loca por él, pero el cabrón follaba de maravilla y no pasaba, día en el que pudiera evitar pensar en su rabo.

Recuerdo que estaba yo un sábado tremendamente aburrida en casa esperando su llamada. Miguel curraba en una pizzería y los muy bastardos le cambiaban los horarios de trabajo cada dos por tres sin avisar. Y muchas veces nos quedábamos sin el polvo diario porque él salía muy tarde, cansado, sin posibilidades de reanimación, puesto que no llamaba y a mí el coño me picaba de sobremanera. Decidí coger el metro e ir directamente a su casa para poder pillarlo y darle un repaso en cuanto cruzar el umbral de la puerta.

 

 

De camino me acordé de que seguramente estaría su hermanito por ahí dando la tabarra. Un mocoso francamente pesadito y totalmente desquiciado. Su afición a la informática y a los juegos de ordenador. Era sencillamente enfermiza. Pero bueno, supongo que con tal de conseguir un polvo, aguantar al chaval tampoco era un precio excesivamente alto.

Llegué y llamé al timbre. El padre de Miguel me abrió y se quedó todo sorprendido. Me dijo que su hijo aún tardaría en llegar un buen rato, pero que podía esperarle en su cuarto. Eso hice. Entré en aquel cutre santuario dedicado a las motos con postes de motos aquí y allí, fotos de pilotos, revistas sobre el tema. Bufff, desde luego mucho en común no teníamos el y yo, pero en fin, poco importaba eso.

Ahora, purgando en la cama deshecha, que encontré su pijama y sus calzoncillos azules, los que yo le regalé por su cumpleaños. No pude resistirlo y me los llevé a la cara. Clavé mi nariz en aquel tejido suave y aspiré lo máximo que pude, intentando atrapar el olor a su polla. Lamía ese mismo olor que me venía cada vez que se la chupaba. Si ya estaba cachonda, aquello acabó por encenderme del todo. Así, que ni corta ni perezosa, comencé a darme en la entrepierna a través de los tejanos.

 

 

Cerré los ojos, dispuesta a dejarme llevar por aquella agradable paja. Cuando,¡mierda! El hermano pequeño de Miguel, Carlos, hizo acto de presencia, saludando tan efusivamente como era característico en él. Desconozco si se dio cuenta de lo que estaba haciendo yo en aquel momento, pero puesto que me lo preguntó, me limité a seguirle la rosca. Me dijo que Papá Noel le había traído un regalo fenomenal y que quería enseñármelo. Me imaginé que sería algún otro juego de asesinar y mutilar.

Entramos juntos en su habitación, donde los posters se multiplicaban por mil, pero nada tenían que ver con motos. Esta vez todo eran espectaculares dibujos de fornidos guerreros, místicos, dragones y alguna foto de Pamela Anderson que desentonaba un poco en el conjunto.

El chaval sacó de una caja de cartón un extraño casco plateado del que colgaban varios cables delgados. Carlitos me contó entusiasmado que quien cuenta la última película de Estalone, que con aquel casco veías imágenes virtuales de chicas desnudas que con solo apretar un botón incluso te las podías montar con alguna de ellas, de esas Top Models o con cualquier otra tía buena de las que salían en los posters y que incluso si te metías mucho en la historia, podía llegar a sentir placer físico.

 

A mí todo aquello me parecía una gran estupidez. Y cuando el mocoso me lo ofreció para probarlo, rechacé su invitación tajantemente y le eché un sermón de que aquellos que hacen servir esa historia. Le dije que en lugar de entrenarse con esas tonterías virtuales, lo que tenía que hacer era buscarse una chica de verdad y follársela. Pero el entusiasmo del mocoso era tanto que ni me escuchaba.

Se incrustó el caro juguete en su cabecita y se sentó en una silla, dispuesto a alinearse con todo ese erotismo rancio virtual. Entonces, tuve una diabólica idea, puesto que Miguel no llegaba, su padre estaba en la sala «en trance» entre la pantalla del televisor, y yo seguía estando caliente… Pensé que no me sentaría mal divertirme un rato con el mocoso. Así que me arrodillé a su lado con cautela y apoyé mi mano sobre su entrepierna. El dió un bote de la silla y seguidamente se le dibujó una gran sonrisa en plan ¡Me estaba funcionando! Así que, me animé y seguí y abrí la bragueta para meter la mano dentro y sentir su polla hincharse.  

 

  Carlitos comenzaba a estremecerse, realmente creía que aquello se debía a su casco virtual, así que decidí seguir. Tiré con suavidad de su tiesa verga y la saqué de aquel pantalón. Primero inicié una leve masturbación, empujando la piel que rodeaba el rosado glande hacia abajo y hacia arriba. El chaval ni se creía que Papá Noel hubiera tenido tal ataque de generosidad. Yo también me estaba animando, así que rodeé su sexo entre mis labios. Comencé a chuparle la polla con dedicación y dejando a cada paso un reguero de saliva por su joven, aunque por otro lado, cuando ya sentí que aquello estaba tenso de verdad, me senté sobre sus rodillas, con temor de que descubriera el pastel.

Reaccionó tal y como pensaba, de la forma más estúpida, babeando y echando extraños gemidos mientras sus ojos enrojecidos se perdían entre las imágenes de aquel casco virtual. El chico extendió las manos buscando unos senos que acariciar. Le agarré de las muñecas y le conduje hasta los míos por debajo de la camiseta. Sus dedos inexpertos se aferraron a los pezones, guiados por el puro entusiasmo. Comenzaron a jugar con las mamás. Lo que me puso aún más cachonda.

 

Carlos estaba disfrutando de la oportunidad de magrear unos pechos, sencillamente estupendos, gruesos y duros como pocos. El chaval parecía dispuesto a estarlo, acerqué mi boca a la suya y hundí mi lengua entre sus labios. Al mismo tiempo, me había olvidado un poco de su pequeña polla en erección que se apoyaba sobre mis tejanos. Así que mientras la lengua hurgaba en su paladar sensualmente, mi mano volvió a agarrarle el rabo e inicio una nueva paja para deleite del adolescente, el cual ya había unido su lengua a la mía y ambas se retorcían como dos serpientes agonizantes.

Sus iniciales «Kimmi gemidos» comenzaron a acrecentarse. No me preocupé porque su padre, puesto que éste estaba más pendiente de los desvaríos del culebrón de turno que de nuestras actividades secretas. Carlos echó la cabeza hacia atrás y mientras balbuceaba palabras sin conexas, aceleré el ritmo de las subibaja hasta que por la punta del glande salió disparado blanquecino y siempre agradable chorreón de semen que dejó perdidos mis tejanos y parte de mi camiseta.

 

Por otro lado, sudaba ante tanto agarre heterosexual. Aún salían los chorros de esperma de su polla, que me levanté de encima de sus rodillas a toda velocidad y corrí hacia la puerta a punto para huir hacia el pasillo. En cuanto Carlos se quitara el absurdo casco,y lo hizo entre gemidos grandilocuentes, frases de complacencia,…

A los pocos minutos llegó Miguel. Yo me había limpiado en el lavabo el semen del hermano pequeño y más o menos no se notaba. Nos sentamos a charlar y, casi empujada por pura malicia, le pregunté a mi novio si había probado el casco virtual del mocoso. Le aclaré que sí y que para dramatizarlo todo un poco, comencé a exagerar diciendo que si era eso lo otro, que se veía tal y cual… Bueno, puro Hollywood.

El caso es que para cuando acabe mi relato, Miguel me miraba asombrado. Le pregunté qué pensaba, que qué pasaba y me contestó tajantemente que no entendía cómo podía haber probado el casco virtual cuando éste le había salido defectuoso y estaban pendientes de ir a cambiarlo a los grandes almacenes.

 

De pronto me sentí totalmente estúpida. Y desde entonces nunca jamás volví a usar el calificativo de tonto para hablar del hermano de mi novio.

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