El Amigo de mi Marido Tiene un Buen Taladro

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Bienvenido a esta esta historia sexual donde ocurre una infidelidad no premeditada pero si muy deseada.

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Audio del podcast «Relatos de Placer»

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Quiero mucho a mi marido. Lo amo con locura y nunca le pondría los cuernos de un modo premeditado, aunque, le he sido infiel un par de veces y no estoy muy orgullosa de ello. El pobre no se lo merece. Y si bien las pollas que me comí sí valían la pena, especialmente la última, gruesa, dura, venosa,… Más larga que una comida familiar.

Una no es de piedra. Y cuando abrí la puerta del lavabo de casa y vi a Pedro meando por accidente, me derretí como un helado en agosto. No sabía que el mejor amigo de mi marido estuviera en casa y mucho menos que su piCHa fuera tan apetitosa. Mmmmm. De haberlo sabido, me habría quitado las bragas en el ascensor, la falta en el pasillo y el resto de la ropa antes de cruzar la puerta. Pero por como abrí los ojos y la cara de besugo se me debió poner.

Debió percatarse de que me gustaba lo que estaba viendo. Aunque ambos disimulamos para quitar importancia a ese encuentro casual. Pedro es un auténtico manitas, un tío capaz de reparar cualquier avería de un electrodoméstico con un simple destornillador y por el pollón que gastaba arreglarle a una el cuerpo con un mete saca.

El hombre había venido para echarle un vistazo al televisor y por lo tiesa que la tenía, debió de darle algún chispazo, pasarle corriente al meter los dedos en algún cable o circuito.

Yo tampoco puedo predicar con el ejemplo, pues también acabé tocando lo que no debía tocar. Así pues, perdí vergüenza, las maneras y el control.

Me eché sobre la verga como enloquecida. La tomé con ambas manos, la estrujé como si quisiera extraerle el zumo y empecé a besarle el capullo.Mmmm! La agité como una coctelera, la metí con la lengua, la lamí y la chupé. La introduje en la boca y la succioné. La tragué toda entera recta y de canto y cuando ya había parado de crecer a lo largo y a lo ancho, la escupí para poder metérmela en la raja.

Me levante la falda, me quité las bragas y abrí las piernas, hasta que sentí una terrible punzada en las ingles.

Tenía los músculos muy tensos, endurecidos, petrificados ante lo que les aguardaba. Primero puso la mano en el chumino, lo acarició y no tardó mucho en retirarla al comprobar lo caliente que estaba.Mmmm…

Luego se echó sobre mí y la introdujo con lentitud, muy suavemente, hasta el fondo. Tenía los labios del coño tan húmedos, lubrificados y pegajosos que se enganchaban aquel trozo de carne como si hubieran estado impregnados de pegamento.

Por el contrario, mi boca estaba acartonada, reseca por mi aliento y por la lengua de él. Gozaba tanto! Pero también sufría. Me dolía el chocho como si me estuvieran desvirgado de nuevo.

Aquel carajo se abría paso rozando las paredes de mi vagina. Me taladraba, me perforaba y no iba a parar hasta destrozarme por dentro.

Me puso tan cachonda que empecé a rebuznar como una burra, sin importarme que pudieran oírme los vecinos. Gritaba de placer y de dolor, pues aquel bestia estaba dispuesto a partirme en dos mientras me agarraba las tetas y me las mordía como si fueran frutas maduras.

Aquella polla entraba y salía con dificultad, aunque a un ritmo cada vez más acelerado, sin temer la corrida, pues Pedro estaba seguro de sus fuerzas y podía hacer durar aquello tanto, como ambos quisiéramos. Así fue, en efecto.

Me la estuvo metiendo durante horas, introduciéndome las sin cambiar de postura, hasta que miré el reloj y me di cuenta de que mi marido no tardaría mucho en regresar del trabajo. Le advertí de ello, de que teníamos que acabar ya, porque por lo que la saco y me la puso nuevamente frente a la boca.

Me la volví a tragar y a chupar. La chupe y la chupe hasta que descargó todo el semen que debí. Como si se tratara de horchata de Chufa.

Mi marido entró en casa poco después, nos pilló en el comedor. A Pedro toqueteando los circuitos del televisor y a mí dándome palique.

Nunca sospechó que le acababa de poner los cuernos. Ni cuando me la metió por la noche y comprobó que mi coño estaba más dilatado que de costumbre. Su polla bailaba en su interior y por mucho que lo intentaba. Las paredes de mi vagina no podían presionarla. Me preguntó a qué se debía. Me hice la tonta. Le pedí que cambiara de agujero. Es decir, que me la metiera por el culo.

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