Sexo en el Baño de un Restaurante. Relato Erótico

sexo con desconocidos

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Por lo que te voy a contar quizá pienses que soy una fresca, una lagarta o peor aún, una puta y que en lo único que me diferencio con aquellas que se anuncian en los periódicos es que ellas cobran y yo no.

Piensa de mí lo que te dé la gana, yo no voy a cambiar de actitud ni voy a dejar de comportarme como me comporto, ni buscar que me alegre un buen rato cuando tengo ganas de sexo.

He cumplido los cuarenta años y nunca he sido una mujer despampanante, sino más bien del montón. Tengo unas piernas largas y bonitas y unos buenos pechos retocados quirúrgicamente. Mi cara es agradable, tengo una sonrisa provocadora, los dientes grandes y blancos con los que puedo morder un pene bien grueso, largo, venoso y pelado. No hago gimnasia ni falta que me hace, ya que me conservo bastante bien.

¿Por qué me gusta tanto el sexo?¿ A quién no le gusta? No voy de hipócrita por la vida. Me encanta que me llame también hasta el fondo y no le hago ascos al coito anal. Aunque puestos a elegir, si es por delante, mucho mejor.

Me encanta chupar un miembro, cabalgar encima de un tío hasta que le duelan los riñones. A mi edad no voy a comportarme como una mojigata. Si lo hiciera, me habría perdido un montón de aventurillas calientes. He comprobado que la mayoría de los tíos no le hacen ascos a una mujer, aunque ésta le supere en edad. Yo vi la iniciativa y además no sea exactamente su tipo a la hora de darle al asuntillo. Todas lo somos, sobre todo si se lo ponemos bien fácil ante el sexo los hombres pueden comportarse como corderos que van al matadero.

Si uno se lo deja claro desde el principio, la mayoría de los que he conocido dejan de pensar cuando tienen una erección. Y si nos ponemos autoritarias, obedecen sin chistar o es difícil despegar un polvo?

Hoy en día nadie pierde el tiempo en plantearse la situación cuando una mujer se separa las piernas entre sus morros.

El otro día, sin ir más lejos tuve una aventurilla con un jovenzuelo en un local público, todo sucedió cuando entré en un restaurante chino, cuando yo hacía una hora que teóricamente habían cerrado la cocina.

Es lo bueno que tienen los restaurantes chinos. Siempre te atienden y te dan de comer por muy tarde que entres.

Me senté frente a una mesa, ya que había un jovencito tomando el primer plato. Por sus ropas y por sus manchas deduje que debía de trabajar de lampista. Aquel chaval estaba para mojar pan y no dejé de mirarle hasta que él se percató que le desnudaba con la vista.

Cuando él se fijó en mí, abrí la boca de un modo obsceno y empecé a chupar objetos de modo lascivo. Cogí un palillo y lo introduje en la boca como si fuera un pene. El muchacho no era tonto, así que enseguida se dio cuenta de que buscaba rollo. Le pregunté si podía sentarme en su mesa con la excusa de que no me gustaba comer sola. Asintió con la cabeza y siguió sorbiendo fideos.

Al sentarme a su lado, le acarició la pierna con la mano. Como él no decía nada, le metí la mano en el paquete con mucho descaro. El chico se puso rojo, pero no se quejó ni armó el escándalo. Y por lo que decía el bulto deduje que le estaba gustando.

Pregunté a una de esas camareras donde estaba el servicio de señoras y le dije al joven que me acompañara. De hecho, podíamos haber hecho el amor en pleno comedor, ya que el local estaba completamente vacío y no había ni un solo cliente, tan solo un par de empleados que colocaban bien los manteles.

En el servicio tampoco había nadie, estaba tan limpio y podríamos habernos revolcado por el suelo sin temor a ensuciarnos. Sin pensármelo dos veces, agarré al chaval, le hice entrar en los urinarios y empujé contra la puerta para impedir que alguien pudiera entrar. Le metí la mano entre las piernas a través del pantalón. Notaba como su pene crecía como si quisiera romper los calzoncillos.

Él, por su parte, también tomó la iniciativa, con lo que me desabrochó la blusa para jugar con mis pechos y lamerme los pezones que estaban erectos y duros como dos peones de ajedrez.

Cuando más caliente estaba, introdujo su mano por debajo de mi falda para matarme y os deja sellara mi clítoris también se dirigió mientras mis labios vaginales se rendían a sus caricias. Si él hubiera querido, podía haber metido toda la mano dentro.

Como la cosa se estaba desmadrando más de lo que yo en principio deseaba, pensé que una buena felación y apaciguar ya me agaché frente a él y el chupo el pene era grande y sabroso. No me detuve hasta conseguir que se corriera y me llenaron la boca con su semen. Luego le bajé definitivamente los pantalones y los calzoncillos, le toqué el culo y le mordí los testículos y eran ovalados, peludos y estaban hinchados con un color rojo muy intenso.

Al tío se le volvió a poner dura en un instante y eso que aún le goteaba. Y me agaché un poco para menearse con mis tetas. Su pene se puso nuevamente duro mientras la lamia el glande, un trabajo del todo inútil, pues volvió a correr sin mis labios a los pocos minutos.

Como no hay dos sin tres, pensé que lo mejor sería apartarla de la puerta y llevarlo hasta la taza del váter para poder sentarme sobre él. Y cogí de un brazo. La arrastré, le senté. Una vez sentados, se la di hasta que compró un buen tamaño. Saqué el condón que llevaba en el bolso y se lo coloqué y sin darme tiempo a reaccionar, me senté encima, viéndola en mi vagina. Me moví de derecha a izquierda, de arriba a abajo, y no tuve que hacer mucho más ejercicio para ponerla bien.

Ahora la sentía como un arpón que quisiera clavarse en mis paredes vaginales. Me rozaba en mi interior, haciéndome daño y proporcionándole placer al mismo tiempo. Se volvía a correr con rapidez. El chico ya no tenía demasiado aguanta y yo francamente no iba a insistirle más, pues ya había tenido más que suficiente. Nos pusimos la ropa y salimos del cuarto de baño.

Las camareras nos miraron mal, sospechando lo que acababa de suceder. Seguro que lo saben. Son chinas, pero no tontos. Al llegar a nuestra mesa ya tenía los tres platos encima y los dos que le faltaban. Pagué las dos cuentas y nos fuimos de allí sin acabar de comer. Ambos ya habíamos comido. Estábamos de lo más satisfechos.

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